Enredada en la niebla Woke
A veces la vida te obliga a convivir con dos fuerzas contrapuestas: el amor profundo al padre cuando eres niña y la necesidad de perdonar comportamientos reprobables que te marcarán para siempre.
Pasé gran parte de mi vida buscando la mirada y el afecto sincero de mis mayores, sin llegar nunca a sentir una pertenencia serena. El miedo difuso que me acompañaba casi siempre me impidió aprender a quererme bien.
Automaticé, siendo muy niña, el único mecanismo que encontré para frenar la angustia del rechazo: convencerme de que no necesitaba nada ni a nadie. Pero el silencio de las emociones solía explotar en somatizaciones desagradables y dolorosas, hasta el día en que pude reunir el coraje de enfrentarme a mí misma cuando ya era madre.
Los complejos me escoltaron demasiado tiempo redefiniéndome bajo la mirada ajena, hasta que reuní el valor suficiente para romper la cadena de desafectos y dependencias familiares. Necesitaba romper el patrón para salvar a mi propia familia.
Lloré mucho con cada tira de piel muerta arrancada para resetear mi capacidad de sentir y me hice vulnerable. Aprendí a amar sin armadura a mis hijas y las protegí entre algodones de todo aquello que a mí me hirió. Tal vez demasiado.
Quizás por eso, cuando llegó el rechazo descomunal, injusto y prematuro de mi pequeña, me rompí. Porque, ni aun habiendo estado mentalmente sana, una hubiera podido soportar un odio fuera de lo común y repentino que olvida el amor y rescribe la historia. Si además los que debían ayudarte —psicóloga, maestros, familia, amigos— te dan la espalda el dolor se hace insoportable.
En estas circunstancias, que regresara el miedo al rechazo era inevitable, pero el automatismo de defensa aprendido —la huida— ya no era válido.
Junto con mis hijas y mi marido habíamos tenido algo raro en estos días: amor, respeto y amistad. Conocer la felicidad después de una infancia de desamor constante y mucho tesón consciente para construir una familia sana, y ver cómo todo se rompe por la influencia de terceros genera mucho dolor.
Desnuda frente a la pena me rompí porque la lucha resultaba inútil y ya no cabía la huida. Regresaron los pensamientos autodestructivos obsesivos y la vida se convirtió en un sin sentido que no merecía la pena vivirlo.
La extraño dolorosamente, porque aunque está físicamente cerca, ya no la encuentro casi nunca. Y porque me falta casi una década de la vida que no pudo ser.