Cuando el dolor se vuelve verso
Los sillones de aquella consulta me resultaban incómodos para una sentada tan larga mientras mi niña acudía a terapia. La luz artificial creaba un ambiente triste que deprimía mi ánimo ya roto.
Aquel día, tuve la sensación de estar soltando sin querer hacerlo, el último retazo de la hija conocida. Aquel al que me aferraba con desesperación para no perder lo que, en mi corazón, había existido desde siempre. Pero se me instaba a olvidar hasta su nombre.
A solas en la sala de espera, sopesé la conveniencia de aceptar, y el dolor se volvió verso para llorar tanta tristeza.
Pinté tu nombre en verde
mi niña
en invierno
Verde agua
verde oliva
verde inquieto
Y te aguardé en silencio
soñando el fluir de tu nombre verde
entre olas de mar sereno jugando
Hoy tu nombre te hiere
a mí
me mata callarlo
Romper el vínculo familiar comienza por arrebatar el nombre.
El primer regalo que los padres ofrecen a sus hijos, tras darles la vida, es el nombre: una palabra cuidadosamente elegida para acogerlos y reconocerlos como parte de la familia. Este acto, fruto de largas horas de reflexión amorosa, establece un lazo profundo y ancestral entre el recién llegado y su entorno familiar.
Desde tiempos inmemoriales, el nombre ha sido el vínculo que une al individuo con su familia y su historia. Por ello, no es inocente que, el primer paso sugerido —o incluso exigido— por el colectivo TQ+ a menores, que se autodiagnostican trans tras haber invertido demasiadas horas dentro de comunidades virtuales de activistas, sea elegir un nombre nuevo. Este gesto busca precisamente desvincular al menor de su familia, el primer y último bastión de protección frente a la radicalidad que impera en quienes promueven y captan a niños vulnerables a través de las redes sociales.
El poema se convirtió en canción
Hace seis años escribí el poema Tu Nombre para embotellar un instante de dolor extremo, hoy he probado suerte con la Inteligencia Artificial, buscado en la música, la emoción de aquel momento.
19/02/2025