Las imágenes no engañan

28/11/2025
Querida hija;
Hoy como ayer y como será mañana, el centro de mis pensamientos sigues siendo tú y la obsesión por buscar y reunir argumentos y razones, para que algún día puedas entender el daño que te harás, si decides envenenar tu cuerpo.
Ya hay mucho daño hecho a tu psiques y a tus senos, eso sin contar la vida plena que podrías haber tenido y en su lugar has malgastado. Pero ir más allá hija, será entrar en una vida de enfermedad, dolor y sufrimiento, que no resolverá tus verdaderos problemas emocionales sino que los agravará.
Nadie te lo va a contar, porque en su mayoría, los que te atenderían en ese proceso de iatrogenia están silenciados, se juegan sus puestos. Aunque también los hay creyentes como tú e interesados económicamente porque en esto les va el negocio.
Pero yo soy tu madre, y porque está en mis células la necesidad de protegerte y porque te amo, tengo que hacer lo imposible para que, si decides seguir ese camino, tengas la visión completa y  conozcas la verdad que te ocultan. Si es posible, que lo escuches de los que ya pasaron por esto y comprendieron tarde.
Mi mayor miedo es que no quieras escucharme, que desprecies mi conocimiento, que vuelvas a herirme de muerte con esa sonrisa cínica que tanto parecía divertirte al verme rota.
De momento puedo seguir adelante, necesito tener la esperanza de que alguna duda cruce tu mente y te abras a escuchar otras opiniones distintas. No las mías, las de otros como tú que ya están de vuelta. Debes decidir informada no desde la fe.
Hoy me he levantado pensando en las imágenes de tu vida. Si te atrevieras a mirarlas despojada de ataduras y débitos, podrías recordar a la persona que has escondido el algún rincón de tu mente para reescribir tu historia.

El vídeo de nuestra vida

Hace varias Navidades os regalé, a tu hermana y a ti, un vídeo para rememorar muchos de los momentos maravillosos de nuestra vida compartida. Quería que juntos recordáramos el buen amor que nos unía. ¿Llegaste a verlo mi niña?

Ni lo mencionaste, ni un atisbo de cariño, ni un simple “gracias”.

Ya imaginaba yo que no te permitirías abrirlo, y aun sabiéndolo me dolió no oírte decir al respecto, ni una palabra. Porque había puesto en ello demasiado amor y demasiadas lágrimas. Porque ansiaba que las imágenes sinceras captadas sin más pretensión que el recuerdo, avivaran si aún quedaba algún rescoldo de verdad en tu manipulada alma.
Sabía que difícilmente ibas a salirte del carril para ti invisible, que otros te han trazado. Que no tendrías la capacidad de enfrentarte a tus nuevas creencias para verte tal cual fuiste. Que debías mantener a cualquier precio la versión rediseñada, porque habías puesto demasiado esfuerzo en deconstruirte como para arriesgarte a comprender que podrías haberte equivocado.
También creo que atreverte hubiera sido una afrenta a tu religión. Y bien conozco yo, como algo escrito entre tus neuronas, te empuja a acatar las normas.
No, no podías verlo. Lo sé. Pero ¿alguna vez podrías hacerlo?

Autobiografía gráfica

Desde que cogiste un lápiz en la guardería empezaste a trazarte a ti misma para contar tu vida. Aquellos primeros garabatos fueron cobrando forma y experiencia hasta, que con el tiempo, lograste una capacidad enorme para el dibujo, primero a mano y después digital. Era fácil reconocerte, pero más fácil lo ponías al vestir a tu yo dibujo tal cual vestía la original.
Durante mucho tiempo pude seguirte fácilmente, porque no había secretos entre nosotras. Hasta que te volviste lógicamente más reservada llegando a la adolescencia, y tuve que buscarte y rebuscarte secretamente entre las redes sociales para poder seguirte y tratar de entenderte.
Varios años después de haber cejado en este empeño de buscarte, en parte para no seguir haciéndome daño, tropecé sin buscarlo con la ingente información de tu diario gráfico. No me sentí bien al mirar sin tu permiso, pero no me arrepiento porque pude atar cabos. Hay tanta información que abruma, espontáneamente dibujada de tu propia mano. Si te atrevieras a mirarla sin complejos woke y el auto respeto necesario, tal vez hallases lo que buscas tanto.
Ojalá que algún día tengas la valentía de enfrentarte a tu propio diario gráfico. Basten un par de  ejemplos para comprender de lo que hablo.

El dolor adolescente frente a los cambios físicos

A los doce años el malestar con tu cuerpo ya era palpable para los que te conocíamos. Supe instintivamente donde nació la idea de odiar tu cuerpo, sé que comenzó cuando crecieron tus pechos. Pero el disgusto se extendió como aceite sobre agua distorsionando tu autoimagen. Yo lo intuía todo, pero era mi palabra contra el mundo y tu maldita e interesada psicóloga que gustaba de hacerme dudar, hasta que encontré la pruebas en tu diario gráfico.

Una lámina de ti misma, delgada como eras, en bragas y sujetador, la barriga tapada con el antebrazo. El título de la lámina dice: “#LOVEYOURSEF?”, el subtítulo: “I guess” (supongo). Alrededor de tu cuerpo hay comentarios señalando las partes que suponías defectuosas, según tu percepción: todas, salvo los pies.

“Mi pelo es un desastre”.

“Chicas sin tetas no sabéis la suerte que tenéis”.

“El diámetro de mi cuello no llega a 30 cm”.

“HaHaHa estoy gorda” (Sí, hay una marca en forma de triángulo porque hace dos años era subnormal)”.

“LUNARES (y enfermedades de la piel)”.

“Sí, mis piernas se tocan bien”.

“Mis pies son lo único bonito de mí”.

La fecha del archivo de este dibujo es de unos siete meses antes de que nos entregaras la carta que anunciaba tu autodiagnóstico, amenazas de suicidio incluidas para coaccionarnos, tal como manda el esquema que te facilitaron en las redes sociales.
Si preguntaste a Internet o compartiste tu dolor en las redes sociales, como estoy convencida de que hiciste, te darían la respuesta. Tu necesidad de apartarlo a cualquier precio, haría el resto. Así, creo yo, fue como “convertirte en hombre” fue la solución al disgusto adolescente de “odiar” tu cuerpo. Un disgusto que hemos compartido esa edad el 99% de las mujeres, solo que ahora los poderes económicos y políticos lo monetizan dando la “solución”: modificar el cuerpo sin permiso para explorar soluciones menos invasivas.

Redibujar tu vida no cambia el pasado

De forma recurrente, te has dibujado reflexionando sobre quién eras a lo largo de los años en una curiosa serie que titulabas: “About the artist”. No sé si has dejado de hacerlo, no sé si sigues dibujando tu diario. Dejé de intentar seguirte hace mucho tiempo por autocuidado.
Esta serie muestra tus reflexiones hechas imágenes para dejar constancia de tus momentos vitales. Una necesidad de expresión transcendente a falta de otras habilidades de comunicación, una urgencia de ser reconocida tal cual eres.
Esta maravillosa capacidad es un don para aliviar la vida, de la misma forma que para mí  lo fue la poesía durante mi adolescencia. Hoy yo me conozco mejor gracias a ella, ojalá algún día tu diario dibujado te ayude a trabajarte para llegar a saber quién has sido y serás.

Lo extraordinario, es tener la oportunidad de volver a sentir aquel tiempo con cada poema, como si regresaran a mí igual que mensajes cifrados en una botella.

El Refugio de las Higueras

Lo que encontré de ti:
Al principio, a la niña: a veces triste otras feliz. Corroboré como vino la tristeza en primero de primaria al llegar al colegio. Siempre intuí que aquella profesora no te trató como necesitaba tu gran sensibilidad e inteligencia diferente, pero no supe hasta cuarto de la ESO, que te habían marginado convirtiéndote en blanco de tus compañeros. No, no fue como otros se empañaban en demostrarme, que estuvieras llamado mi atención por mimos. Estabas somatizando el daño, pero no supe demostrarlo ni protegerte más allá de correr a tu lado para sacarte del colegio cuando te dolía la tripa tan a menudo. No, no cejé en buscar ayuda cuando la tristeza y los miedos nocturnos te derrotaban.
Después, a la joven que va convirtiéndose en mujer enfrentándose a cambios incomprensibles, a relaciones cada vez más complejas y a la soledad. A los nuevos miedos, a la sexualidad que aflora y que busca ser entendida desde el mundo que habitabas: el anime, el yaoi y tal vez la pornografía. Un lugar que asusta ¿quíen no querría huir para no ser mujer?
Después llegó la tristeza mayor, el rechazo a los alimentos y las autolesiones escondidas tras la mangas siempre largas. Como todo adolescente me repudiaste y yo lo entendí. Hasta que no cesaba con la edad.
Nunca, hasta la llegada intrusiva de las redes sociales a través del maldito móvil que pusimos en tus manos a los doce años, habías ni siguiera pensado que no fueras mujer.
Los dibujos confirmaron mis intuiciones al encontrarte escuchando los susurros provenientes de Internet, acariciando la primera duda, anhelando que la solución dada resolviera tu dolor y por fin la redefinición de ti misma.
Lo más sorprendente fue encontrar dos láminas con el mismo objetivo: contar la autoimagen desde cero años hasta le fecha del dibujo con una distancia temporal de dos años y medio entre ellas. La primera de diciembre de 2014, cuando tenías trece años, la segunda de 2018 recién cumplidos los dieciséis.
En la primera expresas tu vida siendo niña y luego mujer joven, en la segunda te reinterpretas como niño en cuerpo de niña desde siempre hasta los quince; y al final aparece el niño empoderado que ya no tiene miedo a la vida. El que alcanza la autoestima a través del rol en lugar de la persona.
Puedo entenderte hija mía, pero el disfraz no es buen compañero.