Buscando las palabras

22/11/2025

Mi querida hija;
Estoy aquí tratando de encontrar las palabras que puedan derribar el muro de cristal que levantaste entre las dos. Podría seguir esperando un poco más a que tu adolescencia acabe por partir, pero tengo miedo. Un miedo atroz a perderte y a que te pierdas en un sendero que no sea el tuyo, aunque lo hayas trillado tanto que ya no puedas distinguir si lo construiste tú o te abrieron el paso.
No soy adivina pero sé mucho más de lo que supones, un poco lo sé por vieja y otro por diablo. Un diablo enloquecido de dolor que no ha cesado de buscar respuestas desde que decidiste romper contigo misma, y rescribir tu historia y la nuestra. Un maldito diablo que se mueve clandestinamente intentando comprender el poder destructor de las creencias. Un náufrago al que le quedan pocas oportunidades de seguir a flote, porque no estoy preparada para mirar mientras te enfermas.
Siento que te perdí hace una década y, aunque a veces me dejas verte, puede que la imagen que veo solo sea un reflejo de mis recuerdos. Demasiadas barreras, demasiados silencios y aun así sigues un patrón perverso. El que he oído relatar en las bocas de muchas madres y de los labios de los arrepentidos.
Puede que lo que yo infiero no sea exacto porque, como decía, no soy adivina. Pero oídas tantas historias demasiado iguales, estoy convencida de que en poco fallaré. Ahora, puedes seguir leyendo o cerrar los ojos para no ver. Pero si te atrevieras a entreabrir la rigidez de pensamiento que controla tu vida, a mezclar tus ideas con muchas otras distintas, si perdieras el miedo a salirte de los renglones escritos por otros, tal vez aprendieras a pensar por ti misma.
¿Tendrías la valentía de confrontar con argumentos y poner a prueba las ideas?
Eras tan niña cuando encontraste entre las redes esa puerta mágica que te transportaba secretamente a un mundo sin dolor, que temo hayas olvidado quien fuiste para siempre. Aquel fue un lugar en el que vivir la aventura de ser lo que quisieras sin la mirada crítica de aquellos que no podían entenderte. Un mundo paralelo donde podías vestir la piel que quisieras sin que te juzgaran. Un lugar en el que pasaste de ser de paja a portar el oro.
Conozco bien lo que significa ser diferente. Y conozco la defensa, a cualquier precio, de la que son capaces otros para preservar las normas escritas sin tinta. Me han herido muchas veces cuando la inocencia me hacía libre para no fingir.
Y tú mi niña, tienes esa inocencia blanca. Por ello te convertiste en la diana de aquellos que necesitaban preservar las normas para no amenazar sus estatus:
  • Profesores de otros tiempos que en lugar de potenciar la diferencia talentosa preferían mirar los detalles que descarrilaban en sus rígidas normas.
  • Colegas de estudio que para sentirse importante se plegaban a las jerarquías sociales que se generan en los grupos adolescentes de una clase, e impartían dolor si era necesario para mantenerlas.
Debiste sufrir mucho por no entender lo que para otros era claro, por no encontrar iguales con los que compartir tus intereses maravillosamente distintos. Debiste camuflarte muchas veces para ser aceptada. Y temo mi niña, que el desarrollo adelantado de tu cuerpo te jugara malas pasadas ante la mirada de otros. Temo también que la  pornografía escondida en el anime, e incluso puede que la explícita, te hiciera rechazar tu cuerpo si vivir tu sexualidad debía convertirte en objeto a mancillar violentamente por hombres.
Yo sentía tu dolor y busqué mil formas para tratar de protegerte desde muy pequeña. Si quisieras honestamente revisar tu historia sin la pátina que ahora la envuelve, verías que siempre estuve a tu lado. Lo estuve hasta que me apartaste violentamente, justo en el momento más vulnerable de tu vida, cuando el proceso de individuación a través del distanciamiento de los padres llegó como nos llega a todos los humanos, y arrancó la subrutina que ya dormía en tu mente. Unas instrucciones silenciosas, lentamente implantadas a través de uno de tus intereses obsesivos: el anime. Después, quedaste atrapada dentro de Tumblr por las grandes dosis de love bombing que probablemente recibías por atreverte a vestir la piel del héroe más allá del espacio digital. Por atreverte a desafiar lo establecido, valedor de grandes Causas de Justicia Social, el más transgresor cuando toca transgredir.
El personaje salió del túnel secreto, valiente y tocado por la luz del transgenerismo, y todos aplaudieron.
Yo no supe o no pude hacerte sentir que podías dejarte ser sin importar las opiniones ajenas. A pesar de mis intentos no fui capaz de ofrecerte un puerto seguro, cuando al cabo de entrar demasiado por el pasadizo secreto te volviste adicta, y acataste poco a poco las leyes de ese otro mundo que para nada era inocente.
Fuiste atraída como droga necesaria para evitar tu dolor adolescente. Y con el tiempo, poder consumir la dosis te obligaba a seguir las normas cada vez más irracionales, hasta que dejaste de pensar. Pasaste, de las reglas relacionales de tus iguales en la clase, a las normas del colectivo trans dictadas por telepredicadores de Youtube. Te volviste creyente de la ideología de género y la primera orden fue odiar a tus padres. Si lo piensas, era esencial que lo hicieras porque tus padres suponían protección frente a las “instrucciones” que debían implantarte para ser un buen aliado, un buen trans.
Y la programación sectaria hizo su magia frente a unos padres desinformados y asustados. Cuestionados y vapuleados desde todas las esferas alrededor, temerosos de que nos apartaran de ti por un supuesto delito de odio.
Rotos, nos concentramos en una sola cosa: revincularnos a ti a cualquier precio, recuperar tu amor para que no te perdieras más aún.
Pero costó, y no estoy segura de que el amor que nos tenemos sea suficiente frente a un poder tan grande como al que nos estamos enfrentando. Ahora que tengo la información, reconozco como ya reconocen incluso muchos estados, que detrás de este nuevo fenómeno de adolescentes con  vulnerabilidades previas que se convierten repentinamente al transgénerismo, responden a un diseño de ingeniería social orquestado por grandes poderes fácticos. Pero no me creerás.
Leí todo lo que pude para establecer el paralelismo entre el proceder de las sectas, para cazar y retener a sus adeptos, con lo que veía en ti, cada vez más radicalizada y obediente. Tenías solo quince años cuando nos enteramos de la solución que habías encontrado para acallar tu sufrimiento, pero sé que ya llevabas mucho tiempo siendo atraída. Porque sabías que decir y cómo hacerlo, como responder a nuestro dolor con cinismo para rompernos, como engañarnos y en quien refugiarte. Y aquella violencia fue repentina e inaudita, impropia de ti. En cambio los argumentos estaban vacíos, ya no pensabas, las respuestas eran consignas y mantras aprendidos. Pero no me creerás.
Estabas convencida de que podías exigirnos controlar el acceso a la información y dirigir nuestro pensamiento. Supuse que tal absurdo te parecía lo normal porque así te lo exigieron creer y acabaste acatándolo para seguir perteneciendo. Pero tampoco me creerás.
Una se pregunta ¿en qué cabeza de veintiún años, supuestamente adalid de la Justicia Social, cabe pensar que la libertad de expresión termina cuando no se opina como tú? Pero la respuesta es fácil: No se puede enfrentar a un creyente a sus creencias.
Y por todo esto vivo aterrada hija mía, porque el poder sectario no es cosa menor y al cabo de tantos años no veo la forma de romper el tren de tus pensamientos. Te fallé, pero ya he superado la culpa porque ahora conozco el monstruo que vela tu sueño.
Creo que la misión más importante de mi vida está por dirimir. Es la de tratar de hacerte entender que el amor de los padres que te han tocado es real y no puede darte la razón como a los tontos. No nos mueve el prejuicio sino el conocimiento y las ansias de preservar tu salud. Y es necesario que partas de esa absoluta convicción porque, tarde o temprano, tendrás que enfrentarlo al otro “amor”, el que te sostiene ahí afuera para decirte quién eres, aun sin conocerte.
Siempre aguardándote.