06/12/2025
Querida hija;
Llevo mucho tiempo coleccionando pequeños videos que entresaco de las redes sociales. En cada uno de ellos encuentro un dato, un matiz, algo que me resuena tan hondo que es difícil deshacerse de ellos. Siempre pienso: «esto tiene que escucharlo mi niña». Luego, entiendo con enorme tristeza, que tú no estás preparada para escuchar.
A veces creo ingenuamente que, si te pararas de verdad a oír los mensajes que transmiten, los entenderías. Una persona capacitada intelectualmente y de alta empatía como tú, se conmovería hasta la médula de la misma forma que lo hago yo, si te permitieras poner atención. Y a pesar del enorme sufrimiento que me produce constatar, una y otra vez, la iatrogenia que se ha instaurado contra niños y jóvenes, me obligo a seguir oyendo. Tengo que reunir más datos, más experiencias, lo que sea para ese momento, que aún siento como imposible, en el que tú puedas oír también sin interferencias.
Me duelo con cada mensaje porque me cuesta entender que algunos médicos olviden su principio hipocrático de “Primero no hacer daño”. Me duele ver su deshumanización al normalizar la experimentación con los cuerpos de personas inmaduras aún. Me indigna que se sientan con el derecho de presionar a niños y padres para que acepten apresuradamente tratamientos irreversibles.
Salvando las distancias, ¿cómo me extraño si yo misma viví ese interés económico cuando nació tu hermana y, entre médico y comercial, me asustaron para usar una bota de tortura que no necesitaba cuando salía desvalida con ella en brazos recién parida?
Siempre hubo personas malvadas, pero me sigue costando entender que un médico participe de este juego tan macabro, que en lugar de intentar primero averiguar que dolor tan grande llevan dentro estos jóvenes como para querer rehacer sus cuerpos.
No, no creo que este nuevo fenómeno se trate de una verdadera disforia. Ya hay demasiada evidencia como para ignorarla. Detrás de este despunte repentino de una “disforia” de características distintas, hay demasiadas casualidades, demasiadas coincidencias.
Aunque subirse al “privilegiado colectivo” de personas de identidad no normativa ya empezaba a ser abrazado por jóvenes que no encontraban otra manera de sentirse conectados al mundo, el fenómeno despuntó rápidamente durante el encierro de la pandemia.
No, no fue casualidad que en la pandemia esta “moda” creciera, ya que todos nos enganchamos a las redes para sobrellevar el encierro. Éstas se convirtieron en el caldo de cultivo perfecto, donde inocular entre las mentes jóvenes que estaban sufriendo, otro virus distinto al que motivó el encierro. Sé que en tu caso, mi niña, el tiempo de aislamiento consolidó tus creencias queer al convivir demasiado tiempo dentro de DevianArt y Tumblr.
Sé que querrás argumentarme, siguiendo el discurso transactivista que has asimilado, que el aumento de casos se debe a una supuesta libertad creciente para expresar la identidad. Lo que yo veo es el camino contrario: menor libertad de expresión si no se comulga con vuestros discursos, incluso utilizando la violencia si es necesario. Y los estudios que van saliendo no abalan tu argumento.
Lo curioso es que el impulso dado en la pandemia al fenómeno duró hasta 2023, pero a estas alturas ya hay estudios serios que demuestran que se ha caído. No, no es casualidad. Lo terrible es ver testimonios desgarradores de afectados arrepentidos por haber dañado sus cuerpos, y los que saldrán. Por favor mi niña, no puedes empezar a envenenarte el cuerpo sin oírlos.
Antes de la epidemia de jóvenes con esta “disforia” repentina existía un fenómeno similar, pero muy distinto porque afectaba a hombres mayoritariamente, no a niñas que jamás habían experimentado duda alguna sobre su sexo o género. Si estos hombres habían sido niños afeminados, a nadie en sus cabales se le hubiera ocurrido envenenar y transformar sus cuerpos. Era una decisión con la que no cargaban los padres, era necesario llegar a adulto y decidir por sí mismos una vez entendido su alcance.
Sufrir esta disforia debe ser terrible a nivel emocional, por lo que obviamente es necesaria la ayuda psicológica. Por ello, con toda la responsabilidad propia de un médico de los de entonces, se les ofrecía ayuda integral antes de que llegaran a la conclusión de que no podían encontrar otra manera de vivir que transformando sus cuerpos. Pero estas personas estuvieron informadas de los riesgos y ellas, como adultas, decidieron.
¿Por qué ahora se les niega a los menores y jóvenes esa ayuda? ¿Por qué la única opción instaurada oficialmente es eliminar la exploración psicológica, experimentar con fármacos diseñados para otros propósitos, amputar partes sanas del cuerpo o transformarlas?
Ahora se afirman los autodiagnósticos de los niños y se coacciona a los padres, metiéndoles en el cuerpo el miedo al suicidio sino se acepta el tratamiento invasivo, aunque ya hay estudios que lo desmiente. No se informa de los procedimientos abiertamente ni de los riesgos, no se analizan las patologías y circunstancias de los niños y se desoye el conocimiento de los padres, y todo ello induciendo prisas. ¡Qué sospechoso todo! mi niña.
En tu caso ¿recuerdas que tú tienes muchas más probabilidades de padecer trombos que la población en general? Te hicimos un estudio de trombocitosis por el incidente en tus piernas, después de muchas horas de inmovilidad en el viaje en autobús a Los Pirineos con tu clase, y por la sospechas ante el resultado también positivo de este problema en tu hermana. ¿Sabes que, entre los muchos riesgos para un cuerpo de mujer que toma testosterona, el riesgo de una trombosis es el más peligroso? Tu padre sufrió uno justo cuando te auto diagnosticaste, tuvo mucha suerte de no llegar al cerebro. Se quedó en el ojo y perdió la capacidad de ver en la mitad de un ojo, sin remedio.
¿Crees que ayudar a aumentar esta ya alta probabilidad de un riesgo cierto y conocido tan de cerca es asumible?
Me dirás que ya eres adulta y que sabes lo que haces, me dirás que es tu cuerpo y tienes derecho a hacer lo que quieras con él. Y es cierto, eres adulta, pero te adoctrinaron demasiado joven, te convertiste en acólita defensora de la ideología de género. No has tenido desde entonces, que yo sepa, el valor de confrontar ideas y datos, y así difícilmente podrás pensar libre de creencias.
Sé que cuando abrazaste la ideología solo buscabas la forma de entender tus dificultades de vinculación con tus iguales, de resolver tu desconexión emocional de ti misma al no reconocerte en el nuevo cuerpo que trajo la adolescencia.
Temí y a veces sigo temiendo, que haya algo más guardado en secreto: alguna agresión, algún acoso. Por pensar hasta pienso, muchas veces, que tu rigidez mental es en realidad un síntoma de alguna neurodivergencia desapercibida. Sí, mi niña, sé que sufrías y que necesitabas con urgencia ser vista tal cual eras sin necesidad de fingir.
Reconocí, reconozco y siempre reconoceré tu dolor adolescente, y sé por qué abrazaste la solución que el colectivo te vendió como salvación. El problema es que la salvación era una mentira porque trataba de salvar una falacia construida para proteger la necesidad imperativa de encontrarte a ti misma.
Pasé mucho miedo viendo como la sociedad se confabulaba contigo contra mí. Sinceramente temí que, los adultos que te trataron jugando con tu salud mental para seguir modas y leyes perversas incipientes, vencieran en el pulso que me echaron para ponerte contra mí. Lo consiguieron, y aunque llevo años tratando de demostrarte que te quiero y que no soy tu enemiga, creo que algo se murió entre nosotras.
Algunas veces, siento que luchas contra ti misma para negar el enorme vínculo que nos unía. Yo sigo asustada mi niña, porque no sé qué más hacer para que confíes en mí, para que consideres pararte a pensar por los motivos que llevan a una madre a oponerse a la “solución mágica” que te han proporcionado simples desconocidos.
¿De verdad sigues pensando que soy una controladora incapaz de no salirme con la mía?
Tengo muchos defectos y el autocontrol excesivo es uno de ellos, porque aprendí a ser perfecta para que me quisieran. Me juré cambiar eso en mi propia familia, y a pesar de tus reproches, derivé justo al otro extremo: fui indulgente y ahora me arrepiento.
Solo una vez ejercí el control y de lo que me arrepiento es de no haber tenido el valor de haberlo hecho antes. Si no te hubiera dejado un teléfono en las manos tan pronto otro gallo nos cantaría. ¿Quiénes, entre las redes, te hicieron creer que mi derecho de cuidado era una afrenta descomunal contra la que solo cabía vencer? Sí, mi niña, sé que por ahí llegaron los primeros vientos de odio.
No creo que la solución sea desbaratar el cuerpo y sufrir sus dolorosas consecuencias para siempre, Creo que necesitas vivir sin el peso de las etiquetas que te autoimpusiste. Atrévete a ser genuinamente tú y descubrir que pasa. De otra manera un dolor profundo quedará sin solución.
Si no te gusta el rol que la sociedad asume, por lo general para una mujer, cámbialo pero no envenenes tu cuerpo.
Te quiere, mamá.
Este video es muy ilustrativo, por favor mi niña, míralo con atención