Se acercan los veinticinco años de mi pequeña, una edad que marqué en el calendario hace casi una década. La edad en la que, según la literatura clínica más reciente, culmina el desarrollo cerebral. Durante mucho tiempo me aferré a esa fecha como quien se aferra a la barandilla de un barco e medio de la tempestad; me ayudaba a sostener la ansiedad. Hoy, en cambio, siento que el miedo me devora.
¿Y qué importan los años, si la identidad sentida se ha convertido en un acto de fe? Cuando ciertas creencias se siembran tan temprano, ¿cómo lograr que en su mente asome la primera duda? Me duele sentir que no hay espacio para una conversación serena, que cualquier intento de diálogo sería fútil porque ante la fe no hay pruebas que valgan.
Cada vez estoy más convencida de que esta ideología es una nueva religión secular, que sabe ocupar el vacío de la adolescencia con promesas luminosas y certezas rápidas. Y me asalta una pregunta terrible: si algún día mi niña sentirá la necesidad de ir más lejos para pertenecer, para complacer a su tribu; si pondrá en riesgo su salud sin detenerse antes a cuestionar, a buscar evidencias, a escuchar a los arrepentidos, a mirar con calma.
No soy creyente, pero en momentos como este desearía serlo. Sería más fácil aceptar que hay un motivo divino para que mi hija haga el sacrificio de entregar su cuerpo. Porque aceptar que mi niña ya es adulta y que nada podría detenerla si decide medicalizar su cuerpo me deja frente a mi propia impotencia.
Han pasado más de nueve años esperando que apareciera la duda, una grieta por la que pudiera entrar la reflexión. No veo que ese momento se acerque. Y, francamente, estoy agotada de esperar, agotada de convivir con este dolor que me enferma por dentro. Temo que la intensidad de este dolor suba, porque en los peores momentos solo se me ocurría una forma de detenerlo.