Ya no vivo en el pasado

Querida hija;
Me conmueve tu preocupación por lo que entiendes como mi indefensión ante mis hermanos. Ese interés reiterado que tienes en tratar de hacerme despertar de una realidad que crees que solo está en mi imaginación. Gracias mi niña, porque estos detalles me demuestran que me quieres. Te confieso que me llegan hasta el corazón como una ola de amor genuino que me da energía para seguir adelante cuando la vida me pone demasiados tropiezos.
Me insistes muchas veces en que el día que deje de romantizar la relación con mis hermanos seré mucho más feliz. Me aseguras que ese ideal que, a veces relato sobre el apego antiguo, nunca ha existido porque en los treinta años de tu vida jamás has visto la imagen idolatrada que yo describo.
Te he confesado que efectivamente la visión que describes es cierta, lo fue. Pero ya hace mucho tiempo que, gracias a un denodado esfuerzo personal, entendí como estas relaciones no eran buenas para mí. Lo hice después de entender la familia distópica en la que crecí, hostigada por un padre manipulador y una madre que apenas podía sobrevivir emocionalmente como para poder atendernos más allá de las necesidades materiales.
Te enfadas cuando te digo que conozco tu verdad, pero que ya fue superada. Me describes triste, melancólica y crees que sigo viviendo en el pasado. Te preocupa que en realidad siga bajo los efectos de la depresión, pues sabes bien, por propia experiencia, que la química del cerebro una vez afectada, es fácil que vuelva a recaer.
Acepto que añoro el pasado idílico, pero sé que jamás volverá. Acepto que tuve una  visión sobre mí misma distorsionada por la imagen que me dieron desde mi propia familia, pero crecí y labré mi vida independiente y aprendí a quererme lo suficiente. Acepté que mi prioridad es la familia que creamos papá y yo, y que es ley de vida la separación de los hermanos cuando el roce es poco y los intereses difieren. Acepté que ni me conocen, ni quieren conocerme. Si te dijera que no me duele nada te mentiría, pero solo es un rumor lejano que no interfiere y he aprendido a protegerme.
Admiro tus ganas por la vida y la forma en la que disfrutas de todas las oportunidades, admiro el gusto por darte lo mejor a tu alcance y como luchas cada día por seguir mejorando tu autoestima. Celebro tu fuerza y autorrespeto, y me siento orgullosa de ti, mi niña.
Pero también conozco tus vulnerabilidades y no quiero cometer errores que puedan despertar tus miedos. Sin embargo, te confieso que a veces me gustaría decirte que el dolor del pasado ya no importa, porque el dolor nuevo me ha superado. Algún día, tal vez, podamos hablarlo.
Con todo mi amor, mamá