Para expresar el dolor por la pérdida, el distanciamiento impuesto de una hija
Sostener emocionas intensas durante tanto tiempo me ha envenenado el cuerpo y el alma. La poesía ayuda a canalizar el dolor, pero nunca es suficiente.
Ya se han cumplida nueve años de agonía, desde aquella tarde gris de invierno, cuando mi hija nos anunció su autodiagnóstico y la solución consiguiente para acabar con la tristeza y el dolor adolescente que la devoraba: transformar su cuerpo para solucionar problemas de la mente. Hoy sigo temiendo que hubiera mucho más de lo que yo sé, temo agresiones inconfesadas. Sea como fuere, he tenido que aprender a sobrevivir con dos emociones poderosas: el miedo y la rabia.
Rabia contra un sistema podrido que promueve legalmente que los maestros y psicólogos arropen clandestinamente a los menores contra sus padres, que aboga por empujarlos rápidamente a una medicalización que enfermará sus cuerpos sanos de por vida.
Miedo a no saber cómo proteger mi hija, pero sobre todo un miedo atroz a que me haya convertido en su enemiga. Partiendo de ese anclaje no veo la manera de llegar a ella para proponerle reflexión, valoración de datos empíricos y, sobre todo, escuchar experiencias de los arrepentidos.
Tengo tanto miedo a su rechazo que el dolor a veces resulta insoportable. Creo que cuando llegue el día en el que ya no pueda seguir refrenando sus ansias de romper su cuerpo, no seré capaz de soportarlo. Mientras tanto, trato de calmarme como puedo. La escritura me ayuda para expresar lo que quisiera decirle a ella.
CARICIAS DE AGUA MANSA
28/02/2026
Recuerdo la sonrisa de tus ojos,
y la belleza intacta de tu alma;
añoro la dulzura de tus besos,
tus caricias de agua mansa.
Se rizaron las olas con viento nuevo,
poniendo entre tú y yo distancia.
Llegó la lluvia negra, como fuego,
y del cielo brotaron lágrimas.
Desnuda hasta los huesos
cabalgaste nuevas palabras,
dejando el corazón tras el espejo
una mañana roja que prometía esperanza.
Una bandada de pájaros tristes
alcanzó tu ventana;
sin preguntar el rumbo, la seguiste,
apagando tu voz aquella mañana.
Asomada al cielo cada noche,
te busco entre las sombras,
ojeando el horizonte,
soñando que regresas sana y salva.
Recuerdo la sonrisa de tus ojos
y la belleza intacta de tu alma;
añoro la dulzura de tus besos,
tus caricias de agua mansa.