20/11/2025
Mi querida hija;
He pasado la vida creyendo que no sabía amar porque mis afectos son callados, contarios a la algarabía de una familia numerosa. Distintos a la normalidad estridente de las relaciones fraternales de mi familia que tanto me agotaban. Y porque necesitaba buscar lugares secretos donde esconderme para reequilibrar tanto desasosiego.
Después me fui a Júpiter hasta que encontré a tu padre en el camino y juntos decidimos regresar a la tierra.
Pero esa es otra historia…
Me han reprochado de muchas maneras la diferencia. Mi fratria lo entendía, y lo entiende, como desinterés y falta del apego natural esperado. Entre susurros sin palabras me han señalado muchas veces el camino hacia su normalidad, y mis padres lo pintaban de rarezas.
Tener plena conciencia de necesidades distintas acabaron haciéndome interiorizar que me faltaba amor, y el complejo arraigó entre mis células.
La necesidad de apego del clan no me expulsó del todo, siempre me aceptaron condescendientes, como la peculiaridad probable en un grupo numeroso.
Mi madre confesó, hace dos veranos, no conocerme tras leer el relato a corazón abierto de mi experiencia con tu disforia. Se alegró de leerme, aunque yo esperaba lo contrario. Después trató de explicarse:
¡Me alegro mucho de estar leyendo tu libro porque te estoy conociendo!
¡Eres lista! Me gustaría que lo leyese tu padre para que se diese cuenta de que eres más lista que él! Pero es mejor que no, no lo soportaría. Te criticaría.
Cuando eras pequeña no te aguantabas con nada, todo te molestaba: la camiseta, los calcetines, las bragas, los pelos… Yo tenía que atender a todos y tú no te aguantabas con nada. ¡Es que…, es que eras horrorosa!
Es que no había manera de convencerte de nada cuando tenías una idea ¡Menos mal que solo me salió una como tú!