19/11/2025
Hay mañanas, que la tristeza se pega ansiosa a mi cuerpo previniéndome para no salir más allá de mi habitación. Hay días, que calzarme la vida se convierte en el reto heroico de mirar de frente la crueldad macabra de una sociedad malsana. Hay tardes, que regreso vencida porque el disfraz necesario para seguir en pie entre tanto idiota me rompe.
Pareciera que la palabra “pensar” ha sido borrada del vocabulario de tanto acólito, y en su lugar recitan frases escritas por otros. Si muchos de ellos fueran tocados, como yo lo fui, por la mano oscura capaz de atar las mentes de la inocencia a causas turbias vestidas de azul, tal vez, serían capaces de sentir mi dolor.
Quizás, esos que miran y juzgan, encontrarían la humanidad suficiente para poner atención y conciencia detrás de las voces disfrazadas de inclusión. Tal vez, fueran capaces de mirar el alma blanca de esas niñas rotas, que solo buscan la forma de encajar en una sociedad que las niega por ser diferentes. Puede que esas personas sordas dejaran de aplaudir a sus pequeños y malvados dioses. Esos que solo respiran en el fragor de la política aberrante que los manipula. Mi enfermiza empatía los siente como carne triturada servida en bandeja a sus maquiavélicos ídolos, pero ellos ni se dan cuenta.
He tenido que oír de algunos de esos miserables decir sin despeinarse que, “saben que hay daño colateral pero necesario para que no llegue el contrario al poder”. ¿Pueden imaginar el dolor agónico cuando te dicen a la cara que la salud de tu hija no importa?
Negar la salud a los más vulnerables no debería ser un daño colateral sino violencia. Pero la mano que mece la cuna es poderosa:
- Dicta leyes para negarles atención de la buena y las empuja a disfrazar sus cuerpos con veneno en lugar de averiguar el porqué.
- Elimina el derecho de los padres a proteger lo que más aman y los juzga sin piedad.
- Y a mayor gloria, convencen a nuestras hija de que somos el enemigo.
¿Se han preguntado cómo puede una madre soportar la pérdida repentina de una hija fuertemente apegada a la familia, modélica en valores, brillante y buena, pero ninguneada por negarse a ser caricatura estereotípica?
¿Se han imaginado siquiera la rabia de saberse al otro lado de la ley y con todos los frentes cerrados para ayudar genuinamente a tu hija?
¿Podrían acaso ponerse en mi piel, cuando tengo que vivir las consecuencias del trabajo perfecto de los poderes económicos, que tienen bien atados todos los cabos para cubrir las necesidades fabricadas para mi hija?
¿Se han atrevido a mirar más allá de la fiesta pornográfica de travestis, que nadie acaba de entender que es lo que reivindican? Porque ninguno de esos hombre vestidos de puta se parece ni de lejos a mi hija.
¿Se han preguntado alguna vez por las consecuencias terribles de las hormonas en los cuerpos de las niñas?
Yo sí. Son terribles, y no curan la disforia. Pero claro, es que yo tan solo soy una madre a la que callar la boca. Ellos saben bien lo que hacen: enriquecerse y ganar poder a costa de las niñas. Su dolor de por vida no les importa.
Sí, hay días terribles, que cuesta sobrellevar la vida.